VI CONCURSO DE CRÓNICA

| Publicado en: 4 may. 2020


 

VI CONCURSO DE CRÓNICA

CRÓNICA DE MI PAÍS

 

El Colegio Agustiniano Ciudad Salitre en el mes de febrero aceptó la invitación del Colegio Abraham Lincoln a participar en el VI Concurso de Crónica. Dicho concurso tuvo la participación de 13 colegios de Bogotá con 70 crónicas de tipo literario o de periodístico en las categorías infantil y juvenil.

Para el Colegio es un grato presentar los ganadores de cada categoría y los lugares en los que se ubicaron:

·         Categoría infantil: segundo puesto al estudiante Eduardo Ocampo Rodríguez de 7E con su crónica titulada: El comienzo del ahora.

·         Categoría juvenil: primer puesto al estudiante Juan Pablo Ruíz Puente de 11A con su crónica titulada: Cuando el ocaso se hizo alba y tercer puesto a la estudiante María Catalina Babativa Bermúdez de 9A con su crónica titulada: Mi vestido azul.

 

En algún momento se concretará un encuentro para hacer efectiva la premiación, pues no se puede dejar pasar la visibilización de estas muestras tan significativas de escritura.

 

Felicitamos a los ganadores y los invitamos a leer sus composiciones.

 

 

EL COMIENZO DEL AHORA

Eduardo Ocampo Rodríguez

 

Y bueno aquí estaba yo, en el año 1948 un 9 de abril, escuchando el discurso de quien hubiera sido el mejor presidente de este país, Jorge Eliécer Gaitán, cuando repentinamente escuché un sonido ensordecedor, las personas corrían asustadas, pero yo no lo hice supongo que porque estaba pasmado dado la idea de que sabía lo que iba a suceder después.

Me echaron de aquel sitio y me fui para mi casa, Estaba confundido y no veía lo que pasaba en realidad, no comprendía que el mundo necesita un cambio, en ese momento pensaba que todo podría estar bien, pero no era así. A la mañana siguiente, me sentía mejor que el día en el que sucedió aquel suceso tan impactante en todo el país y el domingo no paré de pensar en ello.

El lunes me desperté, me serví mi desayuno y por primera vez en dos días agarré el periódico, y con algo de miedo leí el titular. Me pareció indignante, decía así, ¿la muerte de Gaitán lo mejor que le ha pasado a Colombia? No pude leer más, golpee el comedor tan fuerte que creo que desperté a los vecinos. Cogí mi maleta, cerré la puerta de un portazo y me fui a trabajar furioso por aquel periódico con tan poca veracidad en sus datos.

Ya en la oficina me senté y comencé a trabajar, a hacer cuentas y a, de vez en cuando, decirle a alguien que hacer. Como jefe de contabilidad me estresaba bastante cuando alguien hacía algo mal, dado que eso afectaba a muchas personas, me considero alguien que piensa en los demás, después de terminar de trabajar leí en el periódico que se estaban formando guerrillas aquí en Colombia desde la muerte Gaitán, me pareció algo interesante en ese entonces. Aunque claramente era una manera válida de mostrar disconformidad ante este gobierno que está dejando el país en ruinas, yo clasificaría al gobierno como un desastre.

Ya pasadas semanas de ese día como de costumbre me fui al trabajo, y escuché algo que me puso histérico, escuché a un grupo de 4 trabajadores, de contabilidad hablando de la frase de Ospina Pérez: “a Colombia le sirve más un presidente muerto que uno fugitivo”, (que era tan hipócrita), como una maravilla, decían que Ospina Pérez tal vez era mejor que Gaitán. Tal vez significa que hay alguna posibilidad de ello ¡¡Y NO LA HAY!! Me hice al lado de ellos y les dije que no los quería ver, que se tomaran el día, y me fui tan aceleradamente que no tuvieron tiempo de preguntar por qué. Casi a las cuatro se acercó el gerente y me echó una bronca por darles el día a 4 personas sin razón. Yo le expliqué el porqué, quedé sorprendido, él tampoco entendió, dijo que si volvía a hacer eso estaba despedido. Y me dije a mí mismo: todos con los que convivo son hipócritas, quisiera estar en un lugar donde todos deseen hacer un cambio.

Ese fue el comienzo de mis problemas. Mis vecinos de abajo se molestaron por lo que ellos decían “falta de control”, demandaron y tuve que irme de mi apartamento y lo peor pagarles. Este es otro ejemplo por el cual puedo decir que el gobierno en Colombia está tan mal. La mudanza no permitió que yo tuviera tiempo para terminar mis objetivos profesionales y además no podía trabajar en mi casa, porque los vecinos de al lado ponían música a todo volumen, en conclusión, mi trabajo iba de mal en peor, ahora que lo pienso mi vida iba de mal en peor.

Bueno, cuando se terminó mi mudanza por fin tuve tiempo de retomar mi vida, aunque en el trabajo las cosas no eran iguales porque disgusté a las directivas de la empresa, todos me miraban mal y creían que era algo obsesivo, yo al contrario sabía lo que estaba pasando, yo sabía y reconocía el problema en el que vivimos, y parecía que nadie más lo hacía, no les interesaba todo lo que pasaba, ni las injusticias que ha habido, eran títeres controlados por cualquier persona y no se detenían a pensar, ¿Qué está pasando?, y si lo hubieran hecho estoy seguro que no habrían hecho nada al respecto.

Me sentía frustrado, incompleto en una sociedad vacía y conformista, pero bueno era algo con lo que en ese entonces podía sobrevivir. Pero una mañana me levanté, me preparé para el trabajo y como de costumbre leí el periódico. Esta vez decía guerrillas afectando al país más de lo creído, bueno eso me pareció interesante, nunca dijo que afectando negativamente el país y ese titular significa que se están logrando hacer notar. Reflexioné sobre ello, y por un momento llegué a pensar que ser parte de una guerrilla no sería tan mala idea, pero luego volví a caer en la realidad y ya había llegado al trabajo, cuando vi el reloj me sentí mareado pesado, ¡¡me quede pensando de camino al trabajo!!, y llegue 30 minutos tarde.

Con algo de miedo abrí la puerta, escuché un sonoro chillido de la madera, en esta misma, volteé a mirar y ahhh, me dije a mí mismo, no había nadie, camine con seguridad hacia mi oficina entro y asombrado veo una hoja de color amarillo sobre mi escritorio leo lo que dice y me tiro sobre mi asiento en shock, ya no tenía trabajo, me voy para mi casa, y bueno, dure alrededor de 1 mes buscando trabajo, pero un día me detuve a reflexionar ¿Qué está pasando?, y me di cuenta que me despidieron por defender una idea así que decidí no ceder ante el sistema, y me fui, decidí cambiar de vida, cogí mis ahorros tres prendas de ropa y me fui de la ciudad.

 

 

CUANDO EL OCASO SE HIZO ALBA

Juan Pablo Ruíz Puente

 

Inspirado en los testimonios y vivencias de Elvira Muriel de Puente, mi abuela, y en memoria de todas las víctimas de la violencia en Colombia (1950-1970)

 

Antes de que naciese, mi padre, de orgulloso origen paisa y campesino de sangre, se mudó con mi abuelo, a la que se decía, una de las mejores tierras para dedicarse en la vida: las verdes y frondosas del norte del Valle de Cauca, por los lares de Trujillo. Allí, se asentaron en la finca más hermosa que se pudiese encontrar jamás, con una casa de dos pisos y gran extensión, donde mis cuatro hermanas y yo nacimos. La campiña era muy grande, tanto que ni sabía dónde acababa, y no solo eso, también tenía el potencial para ser una gran finca productora de caña de azúcar, producto que, desde ese entonces, tiempos de auge agrícola, hasta hoy, sigue siendo el monocultivo más próspero de la región. No obstante, han de saber, que la mano de obra para la caña era difícil de encontrar, razón por la cual mi padre decidió transformarla en una finca cafetera. Así pues, la hacienda familiar se volvió para mí como el paraíso y, de hecho, nuestra tierra era un tanto envidiada por algunos vecinos, pues no solo teníamos unos cafetales suculentos y fértiles, sino también varias cabezas de ganado y caballos de paso; ah… los caballos de paso, cómo amaba mi papá las ferias equinas y montar felizmente en sus corceles. La vida, en general, era tranquila pero laboriosa, pues como ha de ser en el que hacer del campo, aparecían problemas que requerían fuerza, tiempo, energía y mucha paciencia. Pero con todo y demás, el amor familiar y la paz del campo hacían felices nuestras vidas.

No obstante, como ha de ser en el devenir de la vida, no todo puede ser siempre gozos y dichas. Un par de años pasaron y llegó la primavera de 1948, tenía apenas tres años, y siendo yo un bebé todavía no tenía ni la menor idea de que en el país, una de las esperanzas más grandes que se tenía para el cambio, el bienestar de los sectores populares y la modernización, había sido asesinada. La noticia de que Jorge Eliécer Gaitán fuese víctima de cuatro disparos saliendo de su oficina en Bogotá, no demoró en llegar a casa, donde todos éramos liberales, razón por la cual papá reaccionó con una cólera inolvidable. Desde ese día, que comenzó la llamada violencia, no me imagine que pronto esta tocaría el portón de nuestro hogar.

Ya era 1950, tenía cinco años, papá había ganado renombre en la política local, pues logró hacerse partícipe de ella tras el detonante asesinato del caudillo liberal y nuestro café se vendía bien. Asimismo, como era usual todos los días, en la tarde llegaban mulas para recoger los bultos del exquisito grano que producíamos para la Federación, y que guardábamos en la gran bodega, junto a los beneficiaderos donde se secaba y el bloque de celdas, que incluso tenía hasta camas para los trabajadores en las altas temporadas. Un día papá dejo la finca al cuidado de un primo suyo, pues tenía que atender unos asuntos con sus compatriotas liberales. Pronto iba a anochecer, se ponía con furor sobre el horizonte la colorida llamarada del atardecer, los árboles sonaban con gracia cuando el soplo de la brisa pasaba entre ellos. Ningún artista podría replicar tal belleza pintada sobre lienzo, esos atardeceres eran inigualables. Todas las tardes, sin falta, salía a ver tal pintura que la vida esbozaba sobre el infinito mientras el olor de los bultos de café me llegaba plácidamente. Se puso el sol, y comenzó la que sería una noche de las más oscuras que jamás había vivido.

La noche se hallaba en lo más profundo de su ser, todos los astros se veían claros sobre el firmamento, y tanto mis hermanas, mi mamá y yo, nos encontrábamos en las manos de Orfeo. Entonces, y como si fuese mentira, un estruendo sin igual se escuchó por toda la finca, acompañado de la más tortuosa y espeluznante melodía que jamás había oído: el portón principal se había vuelto astillas, como si un toro bravo lo hubiese embestido con una fuerza incomparable. El portazo fue tan horrible que me despertó con el corazón palpitando cada vez más rápido, estaba sudando, ya las lágrimas empezaban a caer de mis ojos, la voz la tenía perdida, me hallaba entre las cobijas inmóvil del temor, sentía la adrenalina y el miedo correr por entre mis venas; en segundos llegó mamá del otro cuarto junto con mis otras tres hermanas, pues yo dormía con la mayor, nos abrazó fuertemente y asustada, sudando también y con vestigios de fugaces lágrimas, nos pidió que mantuviésemos el silencio, ni una sola palabra salió de nuestras bocas esa noche. Y aún hoy, tengo la imagen de mamá, adolorida y con el alma partida, pero protegiendo a sus hijos con coraje y valentía. Volviendo con aquella noche, seguido al portón, una escandalosa lluvia de disparos nos dejó a todos los pelos de punta, pensábamos y nos decíamos con las voces resquebrajadas - ¿Esto fue todo? - ¿Mamá qué sucede? - ¿y papá? -. Los disparos no cesaban y se empezaban a oír amenazas diciendo que iban a quemar toda la finca, y que nos iban a matar si intentábamos algo, afortunadamente en ningún momento los perpetradores subieron al segundo piso, mamá sin duda reconoció que eran bandoleros conservadores, pues ya hace varios días, entre vecinos se rumoreaba que atacarían. La noche se hizo eterna, los bandoleros se tomaron su tiempo en saquear todos los bultos de café, absolutamente todo lo que se tenía en las bodegas se lo llevaron, destruyeron parte de la casa y casi 14 vacas, junto con la mula preferida de papá, aquella de una piel gris plateada y de paso fino, del mismo modo que unos cuantos caballos fueron tomados. Al salir, los bandoleros seguían amenazándonos, y se escuchó una estampida de pisoteadas que salpicaban la humedad del suelo salir de la finca, sin duda tuvieron que haber sido un tropel de 10 y con muchas mulas pues, aun cuando ya estábamos a salvo se podían escuchar a lo lejos los rebuznos de sus burros. El amanecer llegó acompañado por caudales de lágrimas y sollozos que entre el silencio y la tristeza se daban débiles. La finca quedó devastada y con ella nuestra felicidad. Mi padre luego llegó y tras ver lo sucedido no demoró en decidir trasladarnos al sur, lo que terminaría siendo a Buga. Los años que vinieron tampoco fueron fáciles, ni mucho menos, y episodios parecidos se repitieron hasta asentarnos del todo en Palmira. No pude volver a ver los atardeceres con la misma plenitud, vivir la vida con el mismo júbilo que antes, comprendí que la fantasía no es más que un cuento para dormir, y desde ese entonces, con tan solo cinco años, ¡cinco años! mi memoria recuerda con nostalgia y tristeza esa noche, noche en que la violencia hizo del ocaso el alba de mi vida.

 

MI VESTIDO AZUL

María Catalina Babativa Bermúdez

 

En mis sueños aún puedo sentirlo, su olor a sudor, ese almizcle repugnante, su barba mal rasurada lastimaba mi piel suave, recuerdo como me dolía cuando él la rozaba bruscamente en mi mejilla, sus manos fuertes y uñas descuidadas, llenas de tierra que ensuciaban mi vestido azul…

Tenía 5 años cuando fuimos desplazados de nuestra finca en Casanare, un lugar hermoso con un espacioso jardín y una hamaca donde mi padre tomaba su siesta después del trabajo, mientras mi madre se dedicaba a cantar alegres joropos. Sin embargo, fuimos expulsados de nuestro paraíso por unos hombres uniformados que amenazaron de muerte a mi padre si no entregaba sus tierras, lo único que poseíamos. Tuvimos poco tiempo para empacar, lo necesario para que al salir mi padre nos prometiera que jamás volverían a despojarnos de lo nuestro.

El sueño de mi padre siempre había sido ir a la capital, el problema era que no teníamos dinero, así que terminamos viviendo en un pueblo cercano, Facatativá. En este lugar nos estaba esperando un primo lejano de mi abuela que nos brindaría tierras para trabajar y aumentar su producción, y por supuesto sus arcas personales, a cambio de un techo, comida y seguridad, cosas imprescindibles para cualquier familia campesina. Al principio estaba muy feliz, puesto que el dueño de estas tierras, Don Octavio, me había encargado la importante labor de alimentar a las gallinas, cerdos y perros, lo único que no me gustaba era que tenía que caminar largas distancias para llegar donde se encontraban los animales y no podía estar en el día con mis padres. Regresaba en la noche corriendo, pues me aterraba la oscuridad; algunas veces Don Octavio se ofrecía a llevarme, pero eso era muy de vez en cuando, él era un hombre ocupado y siempre tenía cosas que hacer.

Al cumplir 12 años, mi madre me cosió un bello vestido azul, tenía flores bordadas con hojas verde menta, era corto para que no me diera calor, y muy pomposo, me veía como una princesa –“Mi princesa linda”, así me decía mi padre cariñosamente-. Ese día Don Octavio me hizo una gran fiesta, con pastel, serpentinas de colores, globos azules y verdes, todo tipo de dulces e invité a unos amigos que vivían cerca de nosotros, recuerdo lo alegre que estaba, me dolía el estómago de tanto comer dulces.

A la mañana siguiente, me puse de nuevo el vestido azul, mi madre al verme salir me dijo –“No lo vas a ensuciar”-, moví mi cabeza afirmativamente y me fui. En la entrada me crucé con Don Octavio, él se me quedó viendo fijamente, creí que tenía algo en mi cara, pero no pudo haber sido, ese día me bañé muy bien para que mi vestido no oliera feo, tampoco tenía mugre, me fui con mucho cuidado para no ir a ensuciarlo, no presté atención y seguí mi rumbo. Al anochecer Don Octavio se ofreció a llevarme a mi casa, me pareció muy amable de su parte, ya que esa noche estaba lloviendo y mojaría mi vestido, el camino tenía muchos baches y en uno de esos, él lanzó su mano sobre mi pierna, y la agarró muy duro, luego paró a un lado del camino. Le pregunté qué pasaba y me calló, empezó a desvestirme, tenía frío, no entendía por qué lo hacía, exclamé –“No, ¿Qué hace? Me voy a enfermar”-, a él no le importó y siguió; empezó hacer cosas que no me gustaron y que me dolían mucho, cerré mis ojos, el tiempo se hizo eterno, solo quería que parara, gritaba, pero nadie me escuchaba, pataleaba, pero no tenía suficientes fuerzas, intenté pensar en el día anterior, cuando cantábamos mi cumpleaños, cuando soplé las velas, pero eso no ayudaba, él estaba presente en ese recuerdo y eso me mortificaba. No comprendía por qué me estaba haciendo daño, él seguía y seguía, no se detenía por más que le suplicaba que parara… hubo un silencio, escuché como se acomodó los pantalones, abotonó su camisa, se puso la correa y me ordenó que me vistiera. Yo no abría los ojos, no quería verme, me sentía sucia, prendió el carro y siguió sin más, como si nada, eso me llenó de ira, finalmente me dejó en mi casa, ahí fue cuando abrí mis ojos y me gritó que me bajara, lo obedecí y él se fue. No sé cómo pude caminar hacia mi casa, me dolía mucho, mis piernas temblaban, casi no lo consigo y mi vestido estaba cubierto con pintura roja, sabía que mi madre me regañaría por haberlo manchado, pues en la mañana me advirtió de no ensuciarlo. Llegué a mi casa y mis padres ya estaban dormidos, era muy tarde, no quería despertarlos pues a la mañana siguiente debían madrugar.

Al otro día no pude levantarme, me dolían las piernas, mi madre me ordenó irme a trabajar, pero no quería ni podía, al igual saqué fuerzas. Me alisté y escondí el vestido para que mi madre no me regañara, me despedí de ellos y al salir vi la camioneta de Don Octavio, mi corazón palpitaba muy rápido, ¿Él que hacía allí?, me preguntaba, le avisé a mis padres la inesperada visita y traté de huir del lugar. Ellos se saludaron, mi madre me llamó para que los acompañara, la obedecí resignada, pero cuando lo vi empecé a temblar, no podía contener el miedo que rodaba en forma de llanto por mi cara, mis padres se excusaron por mi comportamiento y él sonriendo les dijo que perdieran cuidado. Tan pronto se marchó les conté lo que había sucedido, la pesadilla que había vivido y mi padre me abrazó y me dijo al oído –“Eres y siempre serás mi princesa, este es ahora nuestro hogar y no lo vamos a perder, sin importar que haya que sacrificar”. En silencio siguió a mi verdugo, mientras mi madre me abrazaba y adivinando el destino me tapó los ojos, y al abrirlos, de nuevo todo estaba cubierto de pintura roja.